LA “FASCINANTE” INVITACIÓN DEL PAÍS LEJANO

¡FELIZ DÍA DE LOS PADRES!

Lucas 15, 20-24

«Entonces regresó a la casa de su PADRE. Cuando todavía estaba lejos, su PADRE corrió hacia él lleno de amor, y lo recibió con abrazos y besos. El joven empezó a decirle: «‘¡PAPÁ, me he portado muy mal contra Dios y contra ti! Ya no merezco ser tu hijo’.

Pero antes de que el muchacho terminara de hablar, el PADRE llamó a los sirvientes y les dijo: ‘¡Pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado’.

Y comenzó la fiesta.»

Hijos Amados: Una de las más penetrantes enseñanzas que nos brinda la experiencia humana sobre lo que significa ser HOMBRE y, por tanto, sobre lo que implica y explica el ser PADRE es, sin duda, la parábola del «hijo pródigo», parábola que, con mayor propiedad, debiera llamarse: «el hijo quien, por haberse probado HOMBRE, habría de llegar, ciertamente, a ser PADRE genuino».

Amados de toda mi vida: En la parábola, el «pródigo», se rinde a la seductora tentación de lo soñado e imaginado, aunque para él, desconocido, a saber: «el país lejano». La «fascinante» invitación del «país lejano» se siente más fuerte en nuestros años jóvenes [y, con frecuencia cuando, insensatamente, pensamos que aún lo somos]. Se vuelve más fuerte la llamada del «país lejano» cuando entramos en la etapa de la rebeldía en boga o cuando, como árboles estériles, nos atrevemos a ocupar espacio en tierra fértil viviendo vida de inmaduros y obtusos. El más joven de los hijos, en su mentecatez – y sin motivo alguno – veía en su PADRE a un rival con quien debía contender, un PADRE realizado, terrateniente, de hogar propio, terneros cebados, y servidumbre. El «pródigo» veía, en su hermano mayor, también, a un rival, un hermano que trabajaba como un buey, que complacía en todo a su PADRE, y quien se distinguía y lograba éxito en todo lo que se proponía. A simple vista, ni en la familia ni en el hogar parecería haber futuro alguno para el «pródigo» destornillado y fanfarrón. «Además» – pensaría el menor – «¡Yo no quiero ser como mi PADRE! ¿A quién se le ocurriría serlo…o como mi perfectísimo e impecable hermano? ¿A quién?»

Cuando nos oprimen o nos sentimos oprimidos o cuando nos conviene sentirnos oprimidos, «el país lejano» [aun cuando lo desconozcamos], «el país lejano» luce siempre mejor y más placentero que en donde nos encontramos en el presente. «Cualquier lugar es mejor; haciendo cualquier otra cosa es preferible…una novia distinta a la que tengo…la última moda, aunque no valga dos centavos ni dure tres días…un tatuaje…un zarcillo colgando del lóbulo de la oreja o anillo guarro que atraviesa la punta de la nariz…los pantalones a mitad de cadera, cualquier otra cosa con tal y que no sea estar en la casa del PADRE.» Queremos largarnos y conocer «mundo». En lugar de dar madura solución a los problemas que pueda haber en la familia [y los hay en todas] o a nuestra situación presente o, en lugar de reconocer la inmadurez de la que adolecemos, optamos por exigir – incivilmente – «lo que es nuestro» y hacemos a la mar, nuestra nave rota, para comenzar una vida «nueva» en cualquier cosa y en cualquier lugar.

Hijos e hijas amados: El «pródigo» – sumido en la oscuridad, sin darse cuenta, y sin mérito alguno – iba camino a vestirse de «birrete y toga» para participar de unos Ejercicios de Graduación imprevistos e impensados. Pero, para eso, primero tendría que pagar un alto precio. Es bien sabido que el adquirir una buena educación – sobre todo educación superior o universitaria – requiere guita y sacrificio, en particular por el valor ínsito de la educación. Y, este casquivano organismo masculino y renacuajo de muchacho – antes de poder graduarse y recibirse de HOMBRE – necesitaba recibir una merecida paliza. Es más, habría que «sacarlo de comisión», «sacarlo fuera del juego». De no haber sido así, jamás habría tenido la extraordinaria oportunidad de pasar desde el «terminus a quo» al justo «terminus ad quem», del estado en que estaba al que debería estar, de pasar del organismo masculino en el que se hallaba al estado de HOMBRE y, en un futuro no lejano, gozarse del singular privilegio que es el ser PADRE.

Para la mayoría de nosotros, la lucha del menor de los hijos es lucha con la que lidiamos durante casi toda nuestra vida de adultos. La mayoría o está en camino al «país lejano» – en donde descubre que su atractivo y seducción son tan sólo un espejismo, una ficción – o en camino de retorno «a casa». O, lo primero o, lo segundo, porque, amados, ¡ay de los que piensan que pueden pasarse la vida yendo y viniendo y yendo de nuevo! Para ésos, lo que significa ser HOMBRE y ser PADRE será, también, un «ir y venir», un «entrar y salir», un «de acá para allá», un «sube que baja», un «de popa a proa», un «hacia delante y hacia atrás», un «piso y no arranco.» Pero, aunque no me lo creas, el «pródigo» – sin saberlo – llevaba las de ganar. Tenía magníficas posibilidades de volverse HOMBRE, HOMBRE de verdad y, por consiguiente, PADRE, PADRE genuino y verdadero. ¿Por qué? Porque tomó la decisión y asumió la responsabilidad de volver «a casa» como adulto responsable, y aceptar el misterio de la PATERNIDAD de su PADRE y aceptarlo sin vacilar, volviendo sobre sus pasos, apuntando hacia el norte, adelante siempre, nunca en reversa.

Amados hijos: A los padres les llueven las decisiones, las decisiones sobre los hijos. En la parábola, al PADRE, le llegó una decisión sin aviso alguno. Fue el «pródigo» quien la provocó cuando le pidió al PADRE la parte de la propiedad que, como heredero, le correspondía. Era clara y específica la disposición de la Ley: al mayor le tocaban dos terceras partes; al menor, una. No era inusual que un PADRE repartiera la herencia antes de morir, pero lo hacía cuando, por alguna u otra razón, había decidido no seguir administrando él, personalmente, sus negocios. Pero, no era éste el caso en el drama del «pródigo». Hay un no sé qué de cruel insensibilidad y de dureza de corazón en la petición del hijo menor. Lo que, para los efectos, estaba diciéndole al PADRE era: «Dame la parte de la herencia que, de todos modos, me va a venir cuando te mueras. Así, nada me debes, y yo nada te debo. Cuentas claras conservan amistades. Además, no puedo quedarme aquí, en esta casa, ni un minuto más. Ha sido un gran placer haber hecho esta transacción contigo sin mayores problemas.» Era obvia la afrenta contra el PADRE, pero el PADRE la tragó sin decir palabra. El PADRE respetó la decisión errada de su hijo y accedió a su petición aun cuando, en su corazón, el PADRE sabía que la necedad del «pródigo» le acarrearía a éste amargas consecuencias. Noten bien, el contraste: La afrenta de un hijo contra la dignidad de su PADRE y el respeto del PADRE hacia su hijo a pesar de su conducta insensible y de su decisión equivocada. Ciertamente, esa decisión fue la decisión dolorosamente sabia de un verdadero, auténtico PADRE.

Pero hijos e hijas amados, el joven «pródigo» había aprendido la lección. El chiquero resultó ser extraordinario y convincente pedagogo. En el menor de los hijos había acontecido una genuina metamorfosis y, en su corazón, el «discurso de graduación» ya estaba listo para salir, humildemente, de su boca tan pronto se encontrara con su PADRE. Pero, el PADRE no necesitaba escuchar el discurso que su hijo había preparado. Le bastaba al PADRE el gozo de ver el rostro de su amado hijo, allá, en el cercano horizonte. Un verdadero, auténtico PADRE es, siempre, un PADRE que siempre, espera. ¿Cuánto tiempo habrá esperado, con ansias locas, el PADRE a que su hijo regresara «a casa»? La parábola nos contagia con el gozo del PADRE al narrarnos que «su PADRE corrió hasta él lleno de amor, y lo recibió con abrazos y besos.» El PADRE ni siquiera dio tiempo al hijo a pronunciar el discurso «de graduación» que éste había memorizado. En su lugar y, de inmediato, el PADRE lo recibió como hijo y le vistió con la mejor ropa, con la toga más hermosa; le colocó en el dedo el anillo de graduación, el anillo con la enseña de la familia; calzó con sandalias sus pies descalzos para que el hijo pudiera, ahora, caminar con la frente en alto y como el HOMBRE que había llegado a ser: un HOMBRE que ahora estaba capacitado para ser – en un futuro no lejano – ¡un PADRE genuino, un PADRE de los de verdad!

Hijos amados: De la misma manera que el hijo tenía necesidad de regresar «a casa» y agarrarse a su PADRE, el PADRE necesitaba a su hijo. El PADRE era quien únicamente podría satisfacer la cercanía íntima masculina que el hijo urgía. El PADRE le abrazó, le facilitó un nuevo comienzo, le perdonó, y le restauró, por completo, al hogar y a la familia. Se desbordó con el hijo: el mejor vestido, el anillo con el distintivo de la familia, el calzado, y el banquete con su plato principal: asado de carne vacuna a la barbacoa. El vínculo entre PADRE e hijo se ha restaurado y fortalecido. El mundo entre PADRE e hijo ha vuelto a tener sentido. El PADRE se ha probado en su calibre de PADRE; el hijo se ha probado como HOMBRE y, por ende, con el potencial de llegar a ser – en el momento justo – PADRE, PADRE auténtico y entregado.

∞ PADRE