Ezequiel 37, 11
11 Entonces, el Señor me dijo: «El pueblo de Israel es como estos huesos. Andan diciendo: ‘Nuestros huesos están secos; no tenemos ninguna esperanza, estamos perdidos.’
Amados: En medio de la bendita vorágine que provoca la visión del Señor al profeta, Ezequiel tendrá que enfrentarse a un desafiante dilema. ¿En qué consiste el dilema humano de Ezequiel? Consiste en lo siguiente: ¿Qué es eso de muerte espiritual? ¿Qué es lo que significa, qué es lo que se quiere decir con eso de “estar muertos espiritualmente”?
En primer lugar, la frase “muerte espiritual” es un tropo de dicción, una forma de expresión, no un pronunciamiento médico. Una persona que esté muerto o muerta espiritualmente, podría ser que se encuentre vibrante con salud y energía física. Esa persona podría ser una persona brillante en lo académico y tener un “curriculum vitae”, un “resumé” repleto de logros académicos, sociales, políticos, profesionales y económicos. No obstante, en lo espiritual, esa misma persona en cuanto a su relación con Dios se refiere, podría muy bien estar tan muerta y carente de vida como el calavernario de Ezequiel.
Pero, además, cuando hablo de muerte espiritual, estoy describiendo a quien no tiene mérito ni derecho ni fundamento alguno de albergar la más mínima esperanza en la vida, a menos que no responda dramáticamente al mover del Espíritu de Dios. Amados: ¿Y qué del “Pueblito” que Dios le encomendó a Ezequiel? ¿Y qué de ti y de mí: Pueblito y Ekklesía del Señor que somos? Si le hubiéramos preguntado, al “Pueblito” que Ezequiel administraba, si ellos creían en el Señor, cada uno de ellos hubiera respondido con hombros medio alzados y con gesto facial de extrañeza ante la pregunta: “¡Claro que sí! ¡Desde luego que creo! ¡Qué pregunta más tonta es esa?”
Amados: Echemos un vistazo por nuestra vecindad. Pasemos un poco de revista a los de la casa. Ahí estás tú, con un trabajo honesto. Te consideras parte del Cuerpo de Cristo Jesús. Crees en el Señor. Vives, más o menos, como parte integrante del Cuerpo de Jesús, el Mesías y si te preguntan, también vas a decir que: “¡Creo en el Señor!”
No obstante, cuando el profeta Ezequiel describe a su “Pueblo”, cuando él describe a quienes el Señor le dio para guiar lo describe como “colección de huesos secos, calcinados”. Ezequiel estaba refiriéndose a gente “normal”, “buena”, pero gente cuya fe había fracasado, gente cuya fe se había vuelto un fiasco, un chasco y una conveniente rutina. El Señor le había preguntado al profeta si: ¿Podrían revivir estos huesos? y, al preguntar, el Señor estaba afirmando que, de hecho, sería más que posible una solución definitiva y final al problema. Dios el Señor le dio a Ezequiel la solución y se la da de forma inolvidable.
Amados: La desesperación del profeta se debía a que, durante los años en el cautiverio en Babilonia, el Pueblito de Dios – y que era el Pueblito del profeta – se había vuelto uno de moral relajada, uno materialista, demasiado cómodo y creído. Israel, olvidándose de su Dios, comenzó a sentirse demasiado bien en Babilonia, tan bien que, además de encariñarse con Babilonia, se había apegado a esa tierra pagana. En medio de esta decadencia crepuscular y sombría, el Señor le habla, de nuevo, a Ezequiel. Le dice al extenuado y acongojado profeta: “Profeta: ¡Predica a los vientos!” Amados: ¡Cuán pequeñito y humilde se habrá sentido el profeta y qué experiencia sin igual habrá sido aquélla para Ezequiel! Cuando el Señor le mandó al profeta a predicar al viento, desconocemos el contenido de lo anunciado por el profeta, pero lo que sí sabemos es que los vientos respondieron y obedecieron. ¡Del Norte y Sur, del Este y Oeste vinieron los vientos! De primera, suaves y apacibles, como céfiros susurrantes, comenzaron a soplar los vientos por encima del valle de los huesos. Luego, lentamente, aumentó la velocidad de los vientos. Los vientos, entonces, alcanzaron intensidad de ventarrón al embestir sobre y por entre los huesos.
Entonces, como por arte del cielo, hubo milagro. Y Ezequiel contempló el milagro, su milagro, el milagro que el Señor tenía para Su pueblo. Hubo movimiento en los huesos; un hueso buscaba y encontraba al otro, el otro encontraba al suyo, ¡gloria al Señor! Del caos y desesperación y desesperanza brotó la organización, el orden y el sentido. ¡De lo imposible surgió lo posible!
Ezequiel 37, 12-14
12 Pues bien, háblales en mi nombre, y diles: ‘Esto dice el Señor: Pueblo mío, voy a abrir las tumbas de ustedes; voy a sacarlos de ellas y a hacerlos volver a la tierra de Israel. 13 Y cuando yo abra sus tumbas y los saque de ellas, reconocerán ustedes, pueblo mío, que yo soy el Señor. 14 Yo pondré en ustedes mi aliento de vida, y ustedes revivirán; y los instalaré en su propia tierra. Entonces sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo he hecho. Yo, el Señor, lo afirmo.’ »
∞ PADRE