Padre Padre

"Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas que, cuando llega su tiempo da fruto, y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace, prospera!" - Salmo 1:3

UNA LUZ REVELDORA-Parte I

2 Corintios 12, 7-10

“Pues bien, para que no me envanezca, me han clavado en la carne un aguijón, un emisario del Poder del Mal que me abofetea.

A causa de ello rogué tres veces al Señor que lo apartara de mí.

Y el Señor me contestó: ‘Te basta mi Gracia; la fuerza se realiza en la debilidad’.

Así que muy a gusto presumiré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo. Por eso estoy feliz con las debilidades, insolencias, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo. Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

Hijos e Hijas de mi vida: Lo que resultó ser para Pablo un continuo tormento – el aguijón clavado en su carne, en su cuerpo – es un símbolo, una señal, un prototipo de cómo Dios, el Señor, entra por la puerta de atrás de nuestra vida, sobre todo cuando consciente o subconscientemente, Le hemos cerrado la puerta principal.

No sabemos, de cierto, cuál haya sido la naturaleza del tormento físico personal del Apóstol. Lo cierto es que no fue un tormento que él haya escogido ni del que era culpable ni al que hubiese invitado a ser parte de su diaria tribulación. Al contrario, Pablo detestaba su padecimiento. Pero, cuando lo aceptó y se abrazó a él, experimentó una sanación mayor de la que jamás hubiera imaginado, sobre todo, cuando escuchó que el Señor le dijo, 2 Corintios 12, 9:  “Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se muestra en tu debilidad”.

La Palabra de Dios nos deja en la oscuridad en cuanto a la naturaleza del “tormento físico”
con el que fue azotado, constantemente, el cuerpo del Apóstol. El Señor había arrebatado a Pablo al tercer cielo, 2 Corintios 12, 3-4 “…arrebatado hasta el tercer cielo, hasta el paraíso y sé que ese individuo, con el cuerpo o sin el cuerpo [sólo Dios lo sabe], fue llevado al paraíso, y allí escuchó cosas tan secretas que a ninguna persona le está permitido decirlas.”

Hijos: El precio de la gloria es la pasión y la muerte. Siempre será así. Después de la “gloria” [o, juntamente con ésta] viene el “dolor”. 2 Corintios 12, 7: “Pues bien, para que no me envanezca, me han clavado en la carne un aguijón, un emisario del Poder del Mal que me abofetea.” Lo que constantemente se clavaba y se retorcía en el cuerpo de Pablo era una aguda espina. ¿En qué consistía? No lo sabemos. Son muchas las hipótesis y, en honor a la verdad y, en defensa de la Palabra inspirada de Dios, hemos de descartarlas pues la mayoría de ellas atentan contra la verdad revelada. Algunas de ellas tienden a espiritualizar demasiado lo que, en verdad, era una dolencia física insoportable y detestable.

El apóstol Pablo suplicó al Señor, repetidas veces, que le librara del “aguijón”, pero el Señor dio respuesta a esa súplica del mismo modo como tantas veces ha dado respuesta a las tuyas, a saber: El Señor no sanó la enfermedad o quitó el “aguijón”, sino que el Señor dio a Pablo la gracia y la fuerza para vivir, gozosamente con su “aguijón”. Así, el “aguijón” se vuelve astilla salvadora dentro del madero de la Cruz, en donde único, el Salvador, Jesús Cristo nos salvó totalmente.
Tres luces alumbraron la vida de Pablo cuando el Señor le dio la respuesta a su súplica en cuanto a librarle del “aguijón.” Tres luces muy bien pueden alumbrar tu vida en la experiencia de tu “aguijón”… el que estés experimentando o el que – de seguro – en algún que otro momento, experimentarás en la vida.

Hijo, hija: Deberás hacer tuyas esas tres luces y verás cómo el Señor Precioso nuestro “se sirve” de la puerta de atrás de tu vida para enseñarte y para hacerte nacer de nuevo todos los días, para hacerte crecer y madurar en tu vida con Él, para sanarte, transformarte, y utilizarte como vaso sagrado para Él.

∞ PADRE