Padre Padre

"Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas que, cuando llega su tiempo da fruto, y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace, prospera!" - Salmo 1:3

Todo tiene Su Tiempo-Parte II

Bajo el sol de este mundo todo tiene su hora; hay un momento para todo cuanto ocurre: Un momento para nacer, y un momento para morir. Un momento para plantar, y un momento para arrancar lo plantado.
Un momento para herir, y un momento para curar. Un momento para destruir, y un momento para construir.
Un momento para llorar, y un momento para reír. Un momento para hacer duelo, y un momento para estar de fiesta.
Un momento para esparcir piedras, y un momento para recogerlas. Un momento para abrazarse, y un momento para separarse.
Un momento para intentar y buscar, y un momento para desistir y perder. Un momento para guardar, y un momento para tirar.
Un momento para rasgar, y un momento para coser. Un momento para callar, y un momento para hablar.
Un momento para el amor, y un momento para el desamor. Un momento para la guerra, y un momento para la paz.
¿Qué provecho saca el hombre de tanto trabajar? Me doy cuenta de la carga que Dios ha puesto sobre los hombres para probarlos. Él, en el momento preciso, todo lo hizo hermoso; puso además en la mente humana la idea de lo infinito, aun cuando el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará.”

Hijo, hija de mi llamada y toda mi vida: Hay tanta gente en desasosiego en este mundo; tanta gente insatisfecha, agitada, perturbada, nerviosa e incompleta. Se preguntan: “¿Tiene sentido mi vida? ¿Estoy en la voluntad de Dios? ¿Por qué me siento tan hastiado, hastiada, insatisfecho, insatisfecha? Con todo lo que he logrado, ¿qué y para qué? ¿Por qué me siento como cirio que ya no quema, como vela que ya no alumbra, como río sin agua, como día sin sol? ¿Qué será de mí?”

La Palabra que leímos, Eclesiastés 3, 1-2 nos dice: 1 “Todo tiene su tiempo y sazón para todas las tareas que ocurren bajo el sol: Tiempo de nacer, tiempo de morir…”

Hijo, hija de mi llamada y mi vida: Dios, en Su eterna sabiduría, nos trajo a la existencia cuando nacimos del vientre de nuestra mamá después que un espermatozoide paterno fecundó el óvulo materno. Pero – como causa primera – Dios fue quien nos hizo. El Señor nos “hizo” a cada uno de nosotros. Y Dios “nos hizo” a Su imagen y semejanza para que un día llegáramos a compartir del gozo de la verdadera vida, la verdadera vida que existió desde antes de ser creado el universo y de la que sólo Dios participaba con Su Hijo eterno y el Espíritu Santo. Dios “nos hizo” para que viviéramos como familia en esta existencia. Nos «hizo” para que gozáramos de la verdadera vida y el verdadero amor y para que nos relacionásemos con Él y, en Él, que nos relacionásemos con los demás, especialmente con aquéllos cercanos a nosotros: papá, mamá, hijos, hermanos, hermanos en la Fe. Ese es el Tiempo de Nacer del que habla la Palabra de Dios.

Pero, además del Tiempo de Nacer, está el Tiempo de Vivir, el Tiempo de Vivir con la familia y con los verdaderos amigos y hermanos, con la Familia de Fe en Jesús Cristo, con todos quienes nos ayudan a acercarnos la verdadera vida que es Dios, el Señor. No puede ponérsele precio alguno al tiempo precioso que debemos compartir con aquéllos que Dios nos dio como familia: papás, hermanos, hijos y hermanos en la fe.

Ese es el Tiempo de Vivir. Hemos de aprovechar este Tiempo de Vivir dándonos unos a otros amor verdadero y vida verdadera. Quien únicamente puede lograr esa realidad en nosotros es aquél que es la vida: ¡JESÚS CRISTO!

Y, finalmente, el Tiempo de Morir.  Hijos: Cuando un granito de maíz cae en la tierra y muere porque metamorfosea, o mejor, metamorfosea porque se atrevió a morir, por eso, acontece algo inefablemente precioso: el grano de maíz que se dejó sepultar en la tierra germinó, espigó, creció y poco después dio tres, cuatro, cinco mazorcas y en cada una de ellas se pudieron contar 300 o 350 granos de maíz.

Hijos todos de mi vida y de mi Pueblo: Hoy el Señor nos trae el Anuncio de esa metamorfosis y nos recuerda que la vida en esta existencia nunca, en ningún momento, es ni segura ni permanente. Todos tenemos que metamorfosear para que llegue lo permanente y lo eterno. Y, esa metamorfosis, ese momento de «morir» duele. No hay modo de disfrazarlo como para intentar presentarlo normal…aun cuando es lo más normal una vez que salimos del vientre materno. Una vez que nos llegó el Tiempo de Nacer, en ese mismo instante, se nos dio la seguridad de este otro momento: el de Tiempo de Morir, el de «ser transformados». Entre el primer tiempo, el Tiempo de Nacer y el último, el de «metamorfosear» está el del medio: El Tiempo de Vivir.  Pero, el Tiempo de Vivir hay que vivirlo bien: con nobleza, altura y profundidad. El Tiempo de Vivir hay que vivirlo altamente y profundamente en el Señor. El grano de maíz – para que pueda reproducirse y cumplir con su llamada y misión – deberá estar sano y completo de manera que al ser sepultado germine el ciento por uno.

El apóstol Pablo describió la muerte como un «aguijón”, una “espuela”, una “espina”. Y, cuando se clava el “aguijón” causa dolor. A veces duele tanto que se le quiebra a uno el corazón; a veces duele tanto que uno se quiere «morir».

Pero, ¡somos gente de fe! Y, por serlo, sabemos que la muerte no tiene la victoria ni nosotros somos sus víctimas ni los vencidos. Cuando Jesús murió, Él nos murió a todos cuando Jesús resucitó, a todos resucitó.

¡GLORIA y VÍTORES AL SEÑOR!

∞ PADRE