Mateo 15, 21-28
21 Saliendo de allí, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón.
22 En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente enferma por el influjo de lo malo.”
23 Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, Le rogaban: “Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.”
24 Respondió Él: “No he sido enviado mas que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”
25 Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y Le dijo: “¡Señor, socórreme!”
26 El respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.”
27 “Sí, Señor – repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
28 Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡Grande es tu fe!; que te suceda como deseas.” Y desde aquel momento quedó curada su hija.
¡Benditas sean las mamás; benditas sean las madres!
Amados: En el jardín de Dios, las flores multicolores y multifragantes son las mamás. Con su presencia, las mamás, perfuman y dan fragancia a nuestras vidas. Ellas nos hacen oler bien dondequiera que estemos. El afecto maternal de una mamá deja rastros muy profundos y marcados en la arena playera de nuestra infancia, huellas muy claras en el espejo de nuestra juventud y hojas desprendidas y doradas en el otoño de los años maduros. Antes de que hubiéramos nacido, nuestra mamá comenzó a trabajar por nosotros y a cuidar de nosotros. En la cueva sagrada de su vientre maternal, fuimos alimentados; allí nos dio el Señor Dios – por medio de ella – nos dio oxígeno y nos brindó un abrigo.
¡Benditas sean las madres; benditas sean las mamás presentes y benditas sean las mamás ausentes porque más que nunca, están presentes en la Presencia de Dios!
Una madre nunca está tan ocupada que no pueda responder a la voz necesitada de un hijo, de una hija o a la mano extendida de ese hijo, de esa hija que la extiende para recibir ayuda maternal. Una madre sacrifica todo y se sacrifica a sí misma para atender a un hijo enfermo. Ahí está, siempre, la madre aconsejando al hijo o hija que se va a casar o que, quizá, es rebelde; ahí la madre está siempre, acompañando a su hijo, hija solitarios, dándole el amor materno tan sin igual a sus hijos hastiados; ahí está siempre la mamá para recibir a la hija deshonrada, abusada, para perdonar a los hijos que la ofendieron, para aconsejar dulce o, quizá, bruscamente al hijo o hija desorientados.
¡Benditas sean las madres; benditas sean las mamás!
Una madre que ama al Señor nuestro Dios y le sigue, de verdad, es el mejor regalo que pueda tener cualquier hijo, cualquier hija, cualquier ser humano – aun cuando estos no se percaten de ello. El Señor nunca echa al olvido la oración de una madre que Le ama, Le vive y Le sirve. La madre de Agustín de Hipona, mujer que amaba al Señor nuestro Dios y cuyo nombre era: Mónica, no cesaba de orar por su hijo: Agustín, quien se había dejado arrastrar libertinamente por las corrientes turbias del mundo. Hoy le conocemos como San Agustín y este Agustín – por su mismo puño y letra – nos dice en su “Civitas Dei”, en su libro: “La Ciudad de Dios”, nos dice acerca de él y de su mamá. Escribe Agustín: “¿Cómo se iba a perder el hijo de tales oraciones?” Amados: Muchos hijos hoy día no son lo horribles que eran y son mejores y santos porque hubo una madre que gemía, intercedía, sollozaba y oraba sin cesar para que se obrara, aunque fuera “un milagrito” en la vida de ellos, los hijos. Las oraciones de las buenas y santas mamás mueven el corazón de Dios.
¡Benditas sean las madres; benditas sean las mamás!
Amados: La Palabra de Dios que leímos, nos habla de una mujer sirofenicia, mujer de fe entera como entero es un grano completo de mostaza, mujer que se acercó a Jesús y que, postrada, suplicó por su hija enferma, por su hija acosada por lo malo. Jesús se mostró – a simple vista – “indiferente” con ella para ver si la fe que ella poseía la llevaba a persistir y a perseverar en su insistencia a favor de su hija. La mamá dio la medida – así son las buenas y santas mamás – la mamá dio la medida y Jesús sanó a la hija.
Amados: Los hijos deben siempre seguir la fe de una madre buena y santa. El apóstol Pablo en 2 Timoteo 1, 5: – inspirado por el Espíritu – le escribió a su hijo espiritual, a su discípulo Timoteo diciéndole: “Se me viene a la memoria la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice y ahora estoy seguro ha arraigado en ti.” ¡Cuán grande es el Señor! Esa fe de una madre buena y santa y que, luego, llegan a poseer los hijos es la fe – por decirlo así – la fe migratoria que de una generación pasa a la otra, primero como fe heredada y, después, como fe personal, experimentada y, personalmente, vivida. ¡Qué mayor herencia para un hijo, para una hija! ¡Qué mayor herencia para un nieto, una nieta!
¡Benditas sean las madres; benditas sean las mamás!
∞ PADRE
