Padre Padre

"Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas que, cuando llega su tiempo da fruto, y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace, prospera!" - Salmo 1:3

TOCAR EL CORAZÓN DE DIOS

Santiago 5, 13

“¿Hay alguien entre ustedes que duele? ¡Póngase a orar! ¿Hay alguien entre ustedes que se siente a las mil maravillas? ¡Póngase a cantar!” 

Amados Hijos e Hijas: Cautivados sus sentidos por lo de Dios, un santo hombre oraba a orillas de un río. Sin percatarse él, lo observaba – embelesado – un joven de 17 años. Le pareció al joven que el santo hombre había concluido la oración cuando, de buenas a primeras, el hombre, revestido de una misteriosa espontaneidad, estalló en cánticos e himnos de alabanza a Dios a la vez que danzaba como un trompo y voltejeaba como viento huracanado. El joven se sintió iluminado por una luz que parecía venir del mismo cielo y, atónito y extasiado, observaba, con admiración y respeto, el fenómeno misterioso que resultaba ser aquel santo hombre.

El muchacho, sin salir de su asombro y abismado, no pudo contenerse y se allegó hasta el santo hombre – quien, por cierto, aún danzaba y cantaba arrebatado – para preguntarle:

“¿Estaba orando usted?”

“Sí, hijo, lo estaba. ¡Aún lo estoy! – le responde, con cariño, el hombre en un humilde despliegue de dicha inalterable.

“Por favor”, – le dice el muchacho – “¡enséñeme a orar!”

Le sonríe el santo hombre como respondiéndole “¡Desde luego que sí!” y, de seguida, examinó, con profunda mirada, el rostro del joven. 

Sin previo aviso, el santo hombre asió, agarró con su mano la cabeza del joven y ¡la hundió – con fuerza – en las aguas del río! El muchacho comenzó a forcejear desesperadamente en su lucha por poder respirar. Cuando, por fin, lo soltó el santo hombre, el joven – aún jadeante – le pregunta: “Pero, ¿cómo es posible que me hiciera lo que me hizo?”

El santo hombre, con dulzura sin par, le responde: “Tú me pediste que te enseñara a orar, ¿no es cierto? ¡Esa fue tu primera lección!”

El muchacho, aún sin comprender, le dice: “¿Mi primera lección? Pero, ¿acaso no se percató que – por poco – me muero luchando por poder respirar?”

El santo hombre – con rostro color cielo – le responde al joven: “Cuando tú llegues a anhelar poder orar como anhelaste poder respirar, entonces será cuando podré yo enseñarte a orar. Sólo entonces llegarás a tocar tú el corazón del Dios bendito.”

∞ PADRE