Ezequiel 37, 1-3
«El Señor puso su mano sobre mí, y me hizo salir lleno de su poder, y me colocó en un valle que estaba lleno de huesos. 2 El Señor me hizo recorrerlo en todas direcciones; los huesos cubrían el valle, eran muchísimos y estaban completamente secos. 3Entonces me dijo: «¿Crees tú que estos huesos pueden volver a tener vida?» Yo le respondí: «Señor, sólo tú lo sabes.»
Amados: El capítulo 37 del Profeta Ezequiel es, si no el más, uno de los más solemnes y trascendentales de todo el ministerio profético del joven sacerdote y profeta. Ezequiel fue sacerdote del Señor y uno de los cuatro grandes profetas. Fue llevado al exilio Babilónico con el rey Joaquín en el año 597 antes de Cristo Jesús, es decir, once años antes de la destrucción de Jerusalem. Ezequiel, se dedicó a la labor misionera entre los desterrados durante veintidós años. El sacerdote y profeta Ezequiel, cumplió fielmente sus deberes, pronunciando duras reprensiones, pero, a la vez, dando aliento con sus palabras llenas de gracia. Su profecía está llena de simbolismo y de imaginería. El Señor – quien lo escogió como sacerdote y profeta – no solamente le hizo proclamar las profecías sino que le ordenó a que representara algunas de ellas, a fin de que fueran vistas además de oídas.
El capítulo 37, en sus primeros versos, encierra una de las páginas más famosas del Espíritu Santo por medio del sacerdote y profeta Ezequiel. Este pasaje describe una escena en demás inusual, rara e insólita y, al describirla, narra un acontecimiento en demás increíble. Es una visión con su consiguiente explicación. En la visión – como nos sucede, también, en los sueños – el profeta es espectador y, a la vez, actor: una voz – la del Señor Dios – le da órdenes y Ezequiel las ejecuta profetizando y conjurando con la autoridad venida de Dios. Dos seres elementales ocupan la visión, los huesos y el viento. En la visión, la escena es un valle todo lleno de huesos humanos, huesos descoyuntados, descolorados, descoloridos y calcinados. Los huesos humanos calcinados son lo árido, lo inerte, todavía no polvo y casi mineral. Despeluznante escena cual holocausto, cual suicidio auto-inducido.
Ante la conjuración del profeta, surge el acontecimiento, los cuatro vientos del Norte y del Sur, del Este y Oeste se dan cita sobre el valle. El viento es sinónimo de aliento que a su vez es sinónimo de Espíritu. El viento, el Espíritu es el elemento cósmico; el Espíritu lo renueva todo. Los cuatro vientos son imagen del carisma del profeta quien está gobernado por el Espíritu de Dios y que es capaz, en el Señor, de dar vida al universo entero. Al barrerse los cuatro espectrales y misteriosos vientos sobre el Osario, sobre el Calavernario, sobre el valle de los huesos secos, empieza a acontecer lo maravillosamente fantástico. ¿Quién o qué podrá más? ¿Los huesos calcinados o el mandato de Dios por medio del Profeta?
Amados: ¿Quién o qué podrá más? ¿Los huesos calcinados o el soplo, el aliento del Espíritu de Dios? ¿Quién o qué podrá más? ¿Los huesos secos o el mandato de Dios por medio del Profeta?… ¿Quién o qué podrá más? ¿Los huesos calcinados y secos o el soplo, el aliento del Espíritu de Dios?… Resonó un trueno, se sintió el terremoto. ¡Comienzan a ensamblarse los huesos, hueso con hueso! Sobre los huesos, se estiran, cual elástico, los nervios y los tendones. ¡Maravilla! Aparece, como por magia celeste, ¡aparece la carne y por las ventanas de la nariz de los cuerpos sin vida, entra la fuerza del viento y aliento de Dios que sopla y arrasa. De súbito, reviven los cuerpos y puestos de pie comienzan a lucir como PODEROSO EJÉRCITO A LAS ÓRDENES DE SU GENERAL, ¡gloria al Señor!
Amados: ¿Quién o qué pudo más?
†PADRE
