1 Juan 1, 1-4
«Les escribimos a ustedes acerca de Aquél que ya existía desde el principio, de lo que hemos oído y de lo que hemos visto con nuestros propios ojos. Porque Lo hemos visto y Lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida. Esta vida se manifestó: nosotros La vimos y damos testimonio de Ella, y les anunciamos a ustedes esta vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos ha manifestado. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos [Koinonían éXete: que tengan comunión] con nosotros como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo. Escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa.
Hijo, hija amados: Tomando en cuenta lo que te he anunciado sobre la «madurez» y sobre la «inmadurez», no es de sorprendernos que el autor inspirado, en la Primera Carta de Juan, capítulo primero, versos 1 al 4, nos afirma en el verso 3: «Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo.»
Hijos: Dice el autor inspirado que el propósito de su escrito es «para que ustedes estén unidos [es decir: «en comunión»] con nosotros como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo.» Cuando lo más importante en tu vida eres tú, no hay lugar para nadie más. No hay lugar para nada más. El estar centrado en uno mismo le hace a uno árbol estéril, infructífero e infructuoso. Un árbol así no da fruto porque no tiene a nadie a quien dar; no quiere tener a nadie a quien dar. El estar centrado en uno mismo hace que la persona lo vea todo en términos de lo que puede beneficiarle a ella misma y, aun las obras externas que aparentan ser «de provecho para los demás» o «para el Señor», no lo son. No son de provecho para los demás ni para el Señor.
Hijo, hija: Las personas inmaduras están demasiado absorbidos con ellos mismos, preocupados por ellos mismos aun cuando den la impresión de estar ocupados en «las cosas del Señor». Cuando tienen un problema – el que sea – todo tiene que girar alrededor de ellos. El mundo tiene que detenerse porque lo más importante son ellos. Alguien así no ha salido de sí mismo, no ha salido de sí misma. Está girando alrededor de sí y, por tanto, no ha comprendido [y, mucho menos, está viviendo] lo que dice el autor inspirado en la Primera de Juan capítulo 1, verso 3: «Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo.»
Hijo, hija queridos: El autor inspirado de esa Primera Carta de Juan lo que está diciendo es que si alguien es un seguidor verdadero, seguidora verdadera de Jesús Cristo, ése, ésa está en comunión con Dios, con los demás, con la naturaleza, con la vida. La palabra o frase: «comunión» o «estar unidos» en griego es: «koinonía».
La «unión» o la «comunión», la «koinonía», en primer lugar, es con el Señor. El autor inspirado, primero afirma, verso 3: «Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros…», pero, de inmediato, lo esclarece afirmando: «como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo.»
Hijo, hija adorados: Esta «unión», esta «comunión», esta «koinonía» no es una cualquiera. No es una «unión humana», en línea horizontal y nada más. No. La «koinonía», la «unión», la «comunión» tuya tiene que ser, en primer lugar, con el Señor nuestro Dios. De esa relación tuya con el Señor [la filiación] es que tú podrás proceder a relacionarte con los otros. El problema mayor de tantos seguidores y discípulos de Jesús es que, por estar centrados en sí mismos, no han llegado a cultivar una «unión», «comunión», «koinonía», una relación con el Señor. Están todavía centrados en sí y, por tanto, son inmaduros.
Cuando somos «árboles sembrados en Jesús Cristo», no hay que luchar tanto, ni sudar tanto, ni esforzarnos tanto. Luchamos, sudamos y trabajamos, sí, pero es como resultado de haber recibido del Señor todo lo que nos hace dar fruto, porque vivimos, no por nuestro esfuerzo ni por nuestra fuerza, sino por la gracia de Dios y por su savia de vida que nos llega en la «koinonía» con Él.
∞ PADRE
