1 Juan 1, 1-4
«Les escribimos a ustedes acerca de Aquél que ya existía desde el principio, de lo que hemos oído y de lo que hemos visto con nuestros propios ojos. Porque Lo hemos visto y Lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida. Esta vida se manifestó: nosotros La vimos y damos testimonio de Ella, y les anunciamos a ustedes esta vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos ha manifestado. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos [Koinonían éXete: que tengan comunión] con nosotros como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con Su Hijo Jesús Cristo. Escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa.»
Hijos amados: Un árbol frutal se vuelve maduro cuando da fruto. Antes de dar fruto, el árbol frutal, es árbol inmaduro. Es sólo cuando el árbol tiene algo que dar a alguien fuera de sí mismo que llega a la madurez. Mientras no tenga fruto que dar a otros, el árbol es inmaduro porque la naturaleza y existencia toda de ese árbol frutal consiste en dar fruto. El árbol – por decirlo así – tuvo que «salir» fuera de su propio «circuito cerrado», fuera de su «yo» para poder ser declarado «maduro».
Lo mismo con nosotros: Una persona y, sobre todo, un seguidor o seguidora de Cristo Jesús sigue siendo inmaduro, inmadura hasta que «salga de sí mismo» y se dé.
Jesús – en el Evangelio de Juan 15, versos 4-5 – nos dice: «Si ustedes siguen unidos a Mí [si ustedes permanecen en Mí], Yo seguiré unido a ustedes. Ya saben que una rama no puede producir uvas si no está unida a la planta. Del mismo modo, ustedes no podrán hacer nada si no están unidos a Mí. El discípulo que sigue unido a Mí, y Yo unido a él, es como una rama que da mucho fruto; pero si uno de ustedes se separa de Mí, no podrá hacer nada.»
Hijos: Si el árbol frutal no estuviera recibiendo alimento de la tierra con sus minerales, si no estuviera recibiendo vida del agua y del abono, no sería ni siquiera árbol. Si las ramas no estuvieran unidas a la planta, al tronco, a la vid, no podrían llevar el fruto. De modo, que el árbol no se esfuerza ni tiene que luchar ni empujar ni sudar ni agotarse. El árbol, sencillamente, posee la «docilidad» de recibir, recibir ¿de qué o de quién? Recibir de donde está sembrado y de las circunstancias favorables que le rodean y que necesita.
Hijo, hija de mi llamada: Tus propias fuerzas [con frecuencia], tus tantos esfuerzos [con frecuencia], tus tantas obras [con frecuencia] te impiden recibir. ¿Por qué? Porque tus esfuerzos, tu fuerza y tus obras lo que logran es que tú te mantengas centrado, centrada en ti mismo y en ti misma. Muchas veces tú, – aun sin percatarte de ello y, con frecuencia, de buena fe – quieres producir tu propio fruto. Y, en cuanto a la viña del Señor, en cuanto a la obra misionera del Señor se refiere, el que tú insistas en «producir, tú, fruto» es un ejercicio en futilidad. En palabras más claras: Es una pérdida de tiempo.
Hijo, hija: Si estamos verdaderamente «sembrados» en Jesús Cristo, entonces recibimos – como el árbol frutal – todo lo que necesitamos para que, de las ramas de nuestra vida, cuelguen los frutos que tan sólo ÉL puede producir en nosotros por obra y gracia de su Espíritu Santo.
∞ PADRE
