Juan 10, 26-29
«Pero ustedes no creen porque no son ovejas de las mías. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen; Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano.»
«Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano.»
Amados: Se entiende muy bien la osada declaración con la que comienza el Salmo 23 cuando, con santo orgullo, exclama el salmista: «El Señor es mi Pastor, nada me falta.» Las ovejas verdaderas, las ovejas de las que puede asegurar Jesús, el Cristo, el Buen Pastor «que son de las mías», Le siguen hasta donde el Pastor las conduzca porque a ellas, tampoco, nada les falta y porque viven confiadas en lo que el Pastor les ha asegurado, Juan 10, 28: «Yo les doy Vida Eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano.» Esta promesa solemne no dice nada a los que no Le pertenecen, pero para la verdadera oveja, para aquella «que es de las mías», para el discípulo/a seguidor/a que Le sigue, Le vive y Le anuncia a Jesús, el Cristo, la promesa es fuerza victoriosa.
Amados, imaginemos la escena: Hace frío, el pórtico de Salomón [en el Templo de Jerusalem] ofrece resguardo de los vientos. Desde finales de diciembre del 165 antes de Jesús Cristo y, durante 8 días consecutivos, se había celebrado la Fiesta de la Dedicación [Hanukkah] – Juan 10, 22 – dedicación del Templo o Festival de las Luces. La Fiesta había sido instituida por Judas Macabeo, el héroe judío, quien logró la victoria contra el rey de Siria, Antíoco Epífanes, quien, en el 170 antes de Jesús Cristo, había invadido la Ciudad Santa y profanado el Templo. Judas Macabeo – con la victoria obtenida sobre el rey – había devuelto a Yahweh la pureza del Templo y, a sus compatriotas judíos, el honor a la vez que su cultura. Por doquiera había luces. La Fiesta anual de la Dedicación del Templo resonaba con vítores y brillaba con luces por doquier.
Habían pasado muchos años desde los tiempos de Judas Macabeo. Este año – en el Evangelio de Juan 8, 12; 9, 5; 10, 22-30 – Jesús, el Cristo, se paseaba por el pórtico de Salomón en el Templo iluminado y los judíos religiosos le interpelan con hostilidad pues no podían tolerar que el Rabí de Nazareth arruinara la Fiesta y les siguiera desafiando abiertamente – a lo largo y ancho del pórtico «iluminado» del Templo – proclamando: «¡YO SOY LA LUZ DEL MUNDO!»
Amados, es importante comprender que los religiosos judíos, en su fervor festivo, buscaban un líder, un héroe – al estilo de Judas Macabeo – quien pudiera libertarles de un nuevo y más poderoso «Antíoco Epífanes», a saber, de Augusto César y su Imperio Romano. Pero Jesús, el Cristo, les desilusiona. Jesús se declara: BUEN PASTOR. Amados: Un líder, un Rey tiene seguidores, súbditos y ejército, pero un pastor cuida ovejas.
Amados: La oveja es el más inofensivo de los animales: da leche, lana, carne, piel…todo es aprovechable a favor de los humanos. El caballo, el gato, el perro, la cabra, la abeja, etc. son útiles a las gentes, pero se diferencian de las ovejas en que todos tienen algún medio de defensa. Sólo la oveja está sin protección. Ah, pero…no del todo. La oveja tiene a su pastor, tiene el amparo prodigioso del pastor por antonomasia: CRISTO JESÚS EL SEÑOR. ¡Glorias sean dadas a Jesús Cristo, el Pastor de Pastores. Y, ese BUEN PASTOR, ese PASTOR de PASTORES, JESÚS, EL CRISTO defiende a sus ovejas, a las «que son de las mías» y da su vida por ellas, Juan 10, 14-15: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.»
∞ PADRE
