Juan 1, 14-18
La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de Él y clamó: “Este era del que yo decía: ‘El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo.’” Pues de Su plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesús Cristo el Mesías. Nadie ha visto jamás a Dios; el Unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El Lo ha dado a conocer.
Amados: Hay tantas cosas grandes en el amor hecho carne, en el amor visibilizado, visible. El amor del Crucificado. Porque el amor no se quedó en palabras. Jesús es La Palabra, pero la Palabra hecha carne. ¿Entiendes? El amor no se quedó en palabra; sino que es La Palabra hecha carne, hecha obra, hecha acción. Jesús rompió la barrera de la palabra, para darnos algo que pudiéramos ver, sentir, palpar y experimentar. Algo que pudiéramos tocar, algo que pudiéramos saborear. EL AMOR NO ES SOLAMENTE PALABRAS.
Y en la noche en que fue traicionado, tomó el pan y dijo: “Este es mi cuerpo.” Y echó vino en el recipiente y dijo: “Esta es mi sangre.” Y mientras hacía eso, miraba a través de los siglos, desde aquel Aposento Alto en Jerusalem. Y nos miraba a nosotros y nos sigue diciendo: “Sigan haciendo todo esto.” Pero “el todo esto” no era un repetir una ceremonia. “El todo esto” era el amor hecho visible. “El todo esto” era la visibilidad del amor. El amor de Su cuerpo roto y de Su sangre derramada, hecho visible en la vida de hombres y mujeres que se han dejado romper por el Señor y ahora están dispuestos a derramar cada gotita de sudor y entrega por amor al único Señor, Jesús Cristo. Para que el amor de Dios, se haga visible en nosotros, para hacernos madurar en el espíritu y para darle vida a los demás.
Amados: No basta celebrar el misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor. No basta decir a todo el mundo que el amor de Cristo es la respuesta a todos los problemas del mundo. El amor de Dios, se hizo visible en Jesús Cristo, y es visible para nosotros también, en tantas cosas como nos ha dejado, también en Su Cuerpo roto y en su Sangre derramada en la Cena. Por lo tanto también, el amor del Señor en nosotros, tiene que ser visible. No puede ser palabra nada más. El amor nuestro del Señor, tiene que ser tan visible, como el burrito del samaritano que lo entregó al Señor o la ofrenda de la viuda. El amor del Señor en nosotros, tiene que ser tan visible, como las manos sangrantes y sanadoras de Jesús.
La Palabra de Dios y el cristianismo, no tienen que ver con una falsa espiritualidad que evita las consecuencias llenas de un amor hecho visible. El amor de Dios en nosotros tiene que ser visible: visible en la fidelidad al Señor; visible en la relación con los demás; visible en la ternura nuestra. Y no se queda en una sonrisa visible, sino que llega a ser una donación de nuestra vida a los demás, para que los demás -con nuestra donación- tengan la vida de Cristo Jesús, que ha pasado de la nuestra, a ellos. En todo, tiene que estar el amor de Dios visible y patente. Porque si no, Jesús Cristo no ha hecho nada en nosotros; no ha hecho nada en ti. El amor de Dios habrá sido en vano en ti y el Jesús Cristo que tendría que actuar poderosamente en tu vida, no habrá llegado, y se volverá un mito o una historieta y nada más.
Amados: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y el mundo no la conoció. ¿Por qué? Porque el amor se hizo visible y ese amor, no llegó a la vida de los demás. Pero el amor no es una cosa, el amor es Jesús mismo, es la persona de Jesús. El amor en persona, se hizo visible y el mundo no lo conoció. No lo conoció, porque ese amor, no se hizo visible en la vida de los hombres. Pero, a los que Le conocieron, a los que Le aceptaron: a esos, les dio la capacidad de ser hijos de Dios. Hijos de Dios también, porque en ellos el amor de Dios se hace visible. Cuando el amor de Dios se hace visible, entonces, de veras, tú has sido prodigado con la capacidad de ser hijo de Dios.
El cristianismo no es solamente una reunión de hermanos. El cristianismo es que Jesús Cristo, haya sido aceptado como el amor en persona en la vida de nosotros. De tal manera, que Jesús Cristo, sea tan vivo, tan real y tan poderoso que, entonces, uno también se vuelve amor en persona. De modo que hacemos que el amor de Dios, que es vida y que es Jesús Cristo, pase de la vida de uno, a la vida de los demás. Esos son los hijos de Dios. Esos son los que han aceptado al Señor, los que han aceptado a Jesús Cristo.
†PADRE
